Leer las noticias se ha convertido en un hábito cínico. Tomas el Excélsior y encuentras que las agencias internacionales son reportes cuantitativos de la muerte. Unas decenas por aquí, miles por allá, y otros tantos esperando que se sepa qué diablos ocurrió con ellos, a tanto tiempo, en tantos lugares.

Dar cuenta de la sangre como medida y no como sustancia vital de un ser humano. Y pretender que eso es normal, porque es mi trabajo. 

Soy periodista y mi oficio implica lidiar con el asco. Dar cuenta de la sangre como medida y no como sustancia vital de un ser humano. Y pretender que eso es normal, porque es mi trabajo. Por eso, a veces, cuando la cotidianidad mortuoria parece estar ganando terreno en el alma, me detengo un poco e imagino verme desde un tercer plano, ahí, tecleando noticias:

Recién que fueron los atentados de ISIS en Francia, yo bebía café, y a mi lado un par de personas comentaban los hechos. Uno de ellos dijo “de seguro fueron islamistas” porque, claro, la televisión los ha adiestrado para juzgar anticipadamente y desde que cayó el campo soviético, los enemigos de la agenda de Hollywood son los musulmanes. De a poco exclamaban y tronaban la lengua cuando el número de muertos aumentaba, con tal parsimonia… como si se tratara de ir pasando las esferas del ábaco. Pensaba en esto, cuando reparé en que, de mi parte, con todo y el asombro, seguí sorbiendo de mi taza y hasta me comí una dona. Así, pues, cada quién pagó su cuenta, tomó su auto y siguió con su vida.

Entiendo que tenemos la capacidad para ser indiferentes a lo que no nos afecta. No es individualismo, es egoísmo. Ese que exhibió Hegel como una playa tranquila desde la cual contemplamos las lejanas ruinas.  El tema, creo, es que ese lejano espectáculo está cada vez más cerca. Es más, estoy seguro que ha estado aquí desde hace un tiempo, quizá de otra forma, pero haciéndonos experimentar un similar infortunio. Ocurre que decidimos ignorarlo. Lo hacemos siempre. Tanto con los hechos como con las personas; las que todo el tiempo nos dicen cómo son pero elegimos hacer de cuenta que son más como queremos que sean. Luego vienen las decepciones.

Esto pasó con México. El cuento aquel de la “prosperidad” se agotó. Más bien, nunca existió más allá de la propaganda oficial y de las mentes de un puñado de burócratas y militantes de Partido. Escribí hace un par de semanas un breve ejemplo de las pequeñas dosis de terrorismo que vivimos todos los días: asaltos, carestía, trabajo infantil y un montón de otras formas de querer morir en vez de soportar la vida real que nos ofrece la actualidad mexicana, la de más de 70 mil desaparecidos forzados en los últimos 15 años y más de 150 mil asesinados por la violencia.

Cuando ocurrieron los atentados en París, y viendo cómo los bombazos de ISIS en el Líbano de un día antes pasaban desapercibidos para los medios corporativos, llamé a Galeb para conocer su opinión e hicimos un programa muy interesante para una radiodifusora de Chile en la que participo. Mi amigo es la persona a la cual recurren los medios en Sudamérica cuando se trata de entender algo sobre Oriente Medio. Entonces me explicó que los atentados en Francia ocurrieron porque así el Daesh se vengaba de Francois Hollande por haberles retirado apoyo cuando comenzó la ofensiva de Rusia sobre los territorios controlados por los terroristas. Y que lo ocurrido en Beirut fue para ofender la resistencia de Hezbolá, que combate a ISIS desde el norte. Pero agregó algo que ya me había dicho en Bogotá: ¿Qué tienen en común las invasiones de Estados Unidos en Afganistán, Irak y Libia, la vuelta militar de Francia en Mali y la criminal ocupación de Israel en Palestina, con el actual intervencionismo europeo en Siria? Todas son parte de la misma guerra. La faceta mortal de un mundo que nunca abandonó el colonialismo y ahora lo disfraza de libre mercado. Es una nueva guerra mundial, la tercera, según su propia forma. Y lo peor está por desatarse (fragmento de EXCELSIOR)